Otra gayumbada de Dolores Aguirre
Doña Dolores Aguirre, por mal nombre doña Eduarda, es una aficionada de pro y, como tiene posibles y tiempo, también ganadera de lidia. La pena es que últimamente no le han ligado los sementales, y año tras año sus corridas salen peores. Lo de hoy en Madrid ha sido una mansada de escándalo que debería hacer pensar a la ganadera muy seriamente en mandar todas las vacas al matadero o, como mínimo, hacer una retienta general y cambiar urgentemente de sementales. Porque poder, puede. Otra cosa es que tenga ganas y quiera después de lo visto esta tarde.
Frente a esos poderosos galafates de seiscientos kilos, atanasiardos que desparramaban la vista, correteaban sin fijeza por el ruedo, buscaban salidas, pegaban coces y embestían descompuestos, se pusieron tres matadores modestos y bastante hicieron con salir enteros de la plaza. Incluso Joselillo, que confirmaba la alternativa, cortó una oreja del sexto que, a mi juicio, fue merecida, aunque he escuchado bastantes opiniones contrarias.
Hoy, después de haber visto lo que ha echado la Doña en Madrid, no puedo meterme con los toreros. Ha sido una corrida para matarla y punto. Me gustan las corridas que ponen a prueba la capacidad lidiadora de los toreros, las que tienen presencia, casta y poder, sean bravas o mansas; pero si son de bueyes descastados como los de hoy no me gustan. Así que chapeau! para Robleño, Aguilar y Joselillo. Y para doña Dolores Aguirre Ybarra, mis más sinceras condolencias por el resultado de la corrida, con el ruego de que se piense muy seriamente lo que va a hacer con la ganadería.


Hoy los veterinarios y el presidente señor Gómez han aprobado en el reconocimiento a seis toreznos impresentables de Martelilla, y luego han mantenido a cinco en el ruedo pese a sus evidentes claudicaciones y a las contínuas protestas del público. Sin embargo no los van a cesar, aunque con esos bichos asquerosos, febles animalejos exentos de trapío derrumbándose por el albero venteño, el espectáculo es una salvajada y los antitaurinos se cargan de razón. Si los toros no tienen presencia, ni fuerza, ni casta, y un funcionario los mantiene en el ruedo, debe ser cesado de inmediato por hacer el juego, aunque sea inconscientemente, a los antitaurinos, lo mismo que el delegado del domingo anterior.





Luego vienen los esguinces, sobre todo los mentales, así que no seré yo quien se comprometa a hacer nada especial durante las tres ferias taurinas encadenadas que nos esperan en Madrid. Es más: dada la ínfima calidad de la mayoría de los carteles, pienso hincharme a regalar entradas a todos aquellos incautos de mi entorno que quieran presumir de haber ido a un festejo de San Isidro.