sábado, 29 de octubre de 2005

Torismo y torerismo

Mi buen amigo Sol y Sombra, haciendo alarde de una magnífica memoria que yo, desgraciadamente, no tengo, cita en su blog Campos y Ruedos una conversación que mantuvimos tomando una cervecita en la madrileña plaza de Santa Ana. Recuerdo la situación pero no lo que dije, aunque no tengo por qué dudar de lo que él escribe porque, además, coincide exactamente con lo que pienso.

Creo que no hay torismo ni torerismo, sino afición verdadera y fetichismo. Cualquier aficionado de verdad sabe que hay que juzgar al torero -para bien y para mal- en función de las condiciones del astado que tiene delante. En la neotauromaquia que vivimos, esta máxima sólo vale para juzgar al torero cuando el toro plantea alguna dificultad, y entonces los voceros del taurinismo profesional se encargan de decir que el toro no servía y que el matador bastante hizo con ponerse delante. Si el toro, por el contrario, es un dechado de boyantía, su lidia no ofrece dificultad y el matador se harta de darle insulsos derechazos, el lirismo más casposo se desata y los trovadores de la neotauromaquia pregonan a los cuatro vientos la hazaña.

Los aficionados echamos en falta la tauromaquia de verdad, la lidia, la técnica... Pero no la técnica de mantener en pie a un torete inválido y normalmente descastado, sino la que propicia el dominio de un animal encastado, con trapío y pleno de pujanza.

El toro y el torero son necesarios, a partes iguales, para la supervivencia de la Fiesta. Sin toro de verdad, la figura del torero se empequeñece y pierde importancia; con el toro auténtico, el lidiador adquiere su verdadera categoría de héroe, y la fiesta del arte y del valor que cantaba el llorado Joaquín Vidal resplandece con su máximo brillo.

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