domingo, 11 de diciembre de 2005

Pamplona en silencio... en 1947

San FermínBien sabido es que Pamplona se convierte, en la semana de San Fermín, en un auténtico manicomio, tanto en su plaza de toros como en el resto de las numerosas manifestaciones populares en sus calles. Alrededor y a causa de sus encierros, los más famosos del mundo, miles de turistas y curiosos se agolpan durante esos días en los más inverosímiles lugares de la ciudad, alborotando ruidosamente, cantando, tocando cualquier instrumento, aunque sea improvisado, con tal de hacer un infernal estruendo que impida la tranquilidad, incluso durante las noches. En definitiva, obligando a todo el mundo a que participe de la fiesta, con la alegría y barullo desbordante que irradian especialmente las cuadrillas de mozos y peñas.

Cartel de los Sanfermines de 1947 (tomado de sanferminonline.com)Pero esto no siempre fue así. Siempre hay una excepción y es la que vamos a intentar explicar. Fue el 10 de julio de 1947. Reaparecía en la capital navarra, después de tres años de ausencia voluntaria, tras su estancia en Méjico, Manuel Rodríguez "Manolete", el maestro de máxima cotización de aquellos tiempos, sin saber que sería la última temporada de su vida, ya que, a finales del mes siguiente, el miureño Islero le esperaba en Linares...

En el cartel, por delante, Rafael Vega de los Reyes "Gitanillo de Triana" y completando la terna el joven valiente y esforzado torero tudelano Julián Marín. Los toros a lidiar en la tarde eran los murubeños de la acreditada ganadería sevillana de don Antonio Urquijo de Federico y desde la noche anterior esperaban en los corrales para comenzar el encierro correspondiente a las ocho en punto de la mañana.

'Semillero' cornea a Casimiro Heredia (tomada de www.sanfermin.com)A esa hora y con las calles abarrotadas de corredores y gente de todo tipo y edad se escuchó el chupinazo. Los toros, al inicio todos juntos, rodeados por los cabestros, comenzaron a moverse. Los corredores también. Uno de los toros, de nombre Semillero, al llegar a la curva de la calle Estafeta resbaló y cayó, quedando descolgado del resto. El toro, atendiendo a las indicaciones de los dobladores profesionales, comenzó su marcha en solitario por la calle, en dirección a la plaza. A mitad de la misma, Semillero vio a un mozo (Casimiro Heredia, pamplonés) y le embistió, corneándole con saña, sin hacer caso a los periódicos enrollados de los dobladores. Posteriormente prosiguió el recorrido y al llegar a la entrada de la plaza volvió a cornear a otro mozo (Julián Zabalza, de Villava), dejándole exánime.en el suelo, aunque finalmente el toro pudo ser conducido a los corrales. Los dos heridos fueron evacuados rápidamente al hospital, pero eran tan graves sus heridas que fallecerían en pocos minutos. La noticia de la tragedia corrió por la ciudad como un reguero de pólvora y el silencio invadió las calles. Era una ciudad extraña, en plenas fiestas de San Fermín. Los mozos de las peñas propusieron homenajear a las víctimas y se confabularon para asistir a la corrida sin hacer ruido.

'Semillero' cornea a Julián Zabalza (tomada de www.sanfermin.com)Mientras tanto, las cuadrillas de los toreros hicieron el sorteo y el diestro local Julián Marín pidió a sus compañeros que le dejasen a él al toro asesino. Como, al parecer, nadie puso pegas, quedó para ser lidiado en sexto lugar. Hay otras versiones, sin confirmar, que aseguran que "Manolete" se negó a matar ese toro, pero eso entra dentro de la "leyenda negra de los sorteos" que siempre acompañó a Camará, apoderado del califa cordobés. La corrida resultó sorprendente, pues la bulla y música brillaron por su ausencia. Sólo las palmas la rompieron en ocasiones. Los murubeños del hijo mayor de doña Carmen de Federico, en conjunto, dieron un magnífico juego, aparte de su gran presencia y poderío. "Gitanillo de Triana" estuvo muy bien con el capote toda la tarde y "Manolete" demostró ser la máxima figura del toreo, cortando las dos orejas de los toros segundo y quinto que estoqueó. Cuando al final, Julián Marín salió a enfrentarse a Semillero, toda la plaza enmudeció. El toro resultó magnífico y ayudó al triunfo del joven tudelano, que le cortó las dos orejas y el rabo. La corrida fue considerada como la mejor del ferial.

Una vez muerto el toro, las peñas comenzarían de nuevo a tocar, a cantar, a hacer ruido, en definitiva, las calles volverían a la normalidad sanferminera del estruendo. Por unas horas, Pamplona, en fiestas, fue una ciudad muerta, vacía, triste, silenciosa, de luto, por el dolor de haber perdido a dos de sus mozos. Pero eso sólo duró unas pocas horas...

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