domingo, 16 de abril de 2006

Laureano de Ortega: Un picador del siglo XVIII que hubiese merecido estar en el Guiness

Laureano de Ortega vino al mundo en 1762 en la gaditana Isla de San Fernando, tal como aparecía en los carteles (aunque algunos autores, como Cossío, le consideran erróneamente nacido en El Puerto). Fue uno de los más afamados picadores de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Con solamente 23 años de edad debutaría en Madrid, siendo el más joven picador escriturado en esa temporada. Sus hazañas y éxitos pronto harían que le fuese renovada su contratación, terminando por ser uno de los habituales más populares, llegando a ser elegido como uno de los piqueros de vara larga fijos para las corridas reales de 1789 y para las de 1803. Muy querido y admirado, tanto por los aficionados como por sus compañeros, alternaría en numerosas ocasiones con los más famosos toreros del momento, tanto en la plaza de Sevilla como en la de Madrid. Sus cualidades principales eran una gran habilidad y puntería con la garrocha, tremenda fuerza y un dominio completo en la doma y monta de los caballos.

Pero ahora que se realizan gran cantidad de registros estúpidos, sólo con la intención de aparecer y figurar en el libro de los Guiness World Records, creemos que merece la pena relatar una de las mayores gestas que jamás se hayan producido en la Historia de la Tauromaquia, recogida del testimonio del historiador don José Sánchez de Neira. Por supuesto, nunca aparecerá en dicho "librito".

En enero de 1793, tras ocho años de suspensión por decreto real de las corridas de toros en Sevilla, se autorizó finalmente a reanudar la actividad taurina en La Maestranza. Se anunciaron cuatro festejos para los días 20, 22, y 30 de abril y 2 de mayo. Se contrataron para esos días 76 toros de muerte de las acreditadas vacadas siguientes: San Agustín, Duque de Alba, Benito Ulloa, Joaquín Goyeneta, Antonio Maestre, Josef Rubin de Celis, Fernando Freire, Francisco Resinas, Manuel Maraver, Marcos Caballero, Luis Gil, Agustín del Campo, Miguel Barriga, Francisco Rodríguez y Francisco Valverde. Los picadores de vara larga contratados fueron Bartolomé Padilla (de Jerez), Antonio Parra (de Villanueva del Ariscal), Juan López (de Guadajozillo) y nuestro Laureano de Ortega. Y los matadores serían el sevillano José Delgado Hillo, el rondeño Pedro Romero y el también sevillano Francisco Garcés.

En la tercera corrida, la del 30 de abril, se produciría el insólito caso, único en la historia, que relatamos a continuación. El hecho es que entre los picadores Laureano de Ortega y Juan López pusieron 57 puyazos, dando sólo seis caídas y consiguiendo que ningún caballo muriese. Al terminar su actuación, la gente, en pie, les ovacionó larga y calurosamente. Los maestrantes, como premio adicional al salario convenido, les gratificaron a cada uno con 25 doblones de oro, un traje, un caballo y todos los que habían sido heridos en la lidia. Esta es la mejor demostración de la importancia de tal hazaña. Por supuesto, el lector debe imaginarse lo que era entonces la suerte de varas, picotazos con los caballos desprotegidos y los picadores aguantando al toro con la vara para que no se acercasen a sus monturas, pues en cuanto las rozaban el tumbo era inevitable, así como la muerte del jamelgo en la mayoría de los casos ¿Alguien puede imaginarse esto, repetido hasta 57 veces, salvando la vida de todos los jacos? Desde luego no se conoce algo así en la historia. Este hecho se extendió como reguero de pólvora entre la afición, lo que haría aumentar el prestigio y la fama de picador de Laureano.

Además de admiración, sus compañeros de profesión le llegarían a tener tal respeto que sus decisiones se aceptaban sin rechistar. Una de las más comentadas sería en la corrida que estaba anunciada, en la plaza de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, el día 30 de abril de 1798. Los picadores habían estado por la mañana discutiendo con el empresario, pues aparte de sus propios caballos, los previstos por la empresa eran pocos e inadecuados. Y como no se les dio ninguna solución, los montados dijeron que harían lo que dijese Laureano de Ortega. Éste deliberó con sus colegas y decidieron finalmente no torear. La suspensión era en firme. Pero la empresa se asustó y no quiso anunciarlo con antelación. Ese día, el cielo había amanecido plomizo pero la lluvia intermitente no parecía suficiente motivo para suspender. A las cinco menos cuarto de la tarde, la gente comenzó a entrar en la plaza y media hora más tarde ya estaba el encierro en los corrales y los tendidos llenos. Mientras tanto, bajo una finísima lluvia que se iba y venía, estaba el toro de prueba (llamado del aguardiente) en el ruedo, para que lo toreasen los que quisieran, aunque poca gente bajó. La presidencia retrasaba deliberadamente la orden de matarlo. Finalmente se ordenó su muerte y a continuación se anunció la suspensión oficial de la corrida "debido a la lluvia". La indignación en los tendidos fue creciendo. Parte de la gente comenzó a arrancar maderos y piedras y a arrojarlas contra los empleados de la plaza (que cuidaban los corrales), los guardias y las autoridades. Algunos se subieron a los tejadillos y arrojaron tejas contra los que salían de la plaza. Otros, en el exterior, comenzaron a romper faroles y destrozaron tablones y vidrieras de la vecindad, llegando incluso a arrojar al río Guadalquivir el coche del asentista de la plaza, así como el carro usado para el riego del albero. Un tiempo después, los amotinados se fueron a los corrales y soltaron los toros en el ruedo. Menos mal que, a las 9 de la noche, se desató un fuerte aguacero, que hizo que la mayoría se disolviese paulatinamente. Los pocos que quedaban aún con fuerzas para protestar se dirigieron a la Plaza del Pan, con ánimo de incendiarla, pues además, en aquellos días, el pan había subido 3 cuartillos sin dar explicación alguna.

Y una digresión. Como puede verse, el pueblo español siempre ha aprovechado cualquier ocasión para quejarse de sus gobernantes. Nunca le han faltado motivos. Y aprovechando la ocasión, pensar si no deberíamos rebelarnos muchas veces los aficionados actuales, ante la cantidad de tropelías de que somos objeto.

Pero volvamos a lo nuestro. Para terminar de una vez nuestro relato, digamos que la milicia de guardias se retiró a tiempo, lo que hizo que el grupo violento, entre el cansancio, la falta de objetivos de agresión y la lluvia, terminase finalmente por apaciguarse. Algunas informaciones cuentan que un pequeño grupo de díscolos se metió en los chiqueros y mataron todos los toros. Otras hablan incluso de que en la algarada llegó a haber dos o tres muertos y numerosos heridos. Lo que sí es cierto es que el verdadero motivo de la suspensión fue debido a la primera "huelga" que se conoce de unos picadores en la historia de la tauromaquia y que Laureano de Ortega fue quien la encabezó.

Y seguiría unos años más, picando entre Sevilla y Madrid. Al parecer, se retiraría de la profesión en 1805, cuando se decretó la nueva prohibición de celebrar corridas. No se tienen datos del año de su fallecimiento, pero este varilarguero pasaría a la historia de la tauromaquia, aparte de sus grandes méritos profesionales, como el primero en cobrar premios extras y también en encabezar una huelga.

2 comentarios:

bastonito dijo...

En "Toros y ejercicios de la jineta", dentro de las "Escenas Andaluzas" recopiladas por Serafín Estébanez Calderón, puede leerse otra hazaña de Laureano Ortega. Copio:

"Laureano Ortega se hizo inolvidable, no tanto por la gallardía de su persona y buen corte de cara, cuanto por sus bizarrías con el caballo. Por el espacio de tres años, y por entre los azares de cien y cien corridas, se le vio sacar siempre salvo el caballo que montaba, que era una famosa jaca mosqueada, que la perdió al fin en la plaza de Cádiz."

¡Qué tío!

Enhorabuena por el artículo, Sota.

ventero666 dijo...

Buenisimo articulo Sota.

"La indignación en los tendidos fue creciendo (...) llegando incluso a arrojar al río Guadalquivir el coche del asentista de la plaza, así como el carro usado para el riego del albero"

Otro ejemplo más de que los aficionados actuales somos unas hermanitas de la caridad, por mucho que nos insulten los taurinos.