sábado, 10 de junio de 2006

En general faltó poder

Uno, por cuestiones de edad, no llegó a ver a los viejos escuderocalvos, pero sí a los victorinos de los años 70, muchos de los cuales parecían, por trapío y por aviesas intenciones, haber salido del mismísimo Averno. Aquellos toros, mansos o bravos pero siempre pidiendo el carné a los toreros, no había vuelto a verlos saltar al ruedo desde hace bastantes años. Ayer las alimañas resurgieron de la noche de los tiempos entre rayos, truenos y centellas.

Hubo una diferencia con los victorinos de antaño, y es que a los de hogaño les faltó poder. El poder es fundamental para que un toro desarrolle todo lo que lleva dentro, lo bueno y lo malo. Un victorino de antes tomaba cuatro varas -puyas bastante más grandes, no se olvide-, perseguía incansable en banderillas y se las hacía pasar canutas al matador en el último tercio; los de ayer tomaron varita y picotazo, se pararon en banderillas y se quedaron cortísimos en la muleta. A los de antes un torero con técnica, facultades físicas y valor, les cortaba las orejas; a los de ayer era prácticamente imposible porque al no tener poder no se desplazaban y se quedaban casi siempre debajo de las suertes.

Los tres matadores se justificaron y se la jugaron ayer en Madrid, lo que no quiere decir que estuviesen bien. A ellos también les faltó poder, sobre todo a Encabo, quien pese a su voluntad anduvo descompuestito toda la tarde. Esplá parecía llevar el mismo camino, pero arregló las cosas en el cuarto poniéndose en novillero y enjaretando media docenita de naturales bastante estimables. El Juli aliñó muy acertadamente a su primero, y estuvo por debajo de su segundo enemigo pero no tanto como otras veces -se le nota que progresa- y enrabietándose, haciendo gala de un gran valor.

No estuvo mal el festejo, no señor... ¡y no hubo orejas!

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