lunes, 31 de julio de 2006

Dos matadores disputan por su antigüedad

Cúchares y El Chiclanero discuten sobre la antigüedad de sus alternativas (Dibujo: Facundo) En los inicios del toreo profesional, la antigüedad de los matadores y sus alternativas siempre provocaban grandes discusiones, ya que unos no las consideraban como tales cuando procedían de distinto padrino o cuando se tomaban en diferentes plazas. Incluso alguno comenzó a matar toros sin recibir alternativa o sin ceremonia de cesión de trastos formal de otro matador más antiguo. Vamos a relatar con cierto detalle lo acontecido la tarde del domingo 27 de septiembre de 1846, en la plaza de toros de la Puerta de Alcalá de Madrid y la bronca que se montó entre Cúchares y El Chiclanero, a propósito de quién iría por delante.

Se anunció la vigésima corrida del abono, con ocho toros, de los que cuatro eran de Cabrera, entonces ya propiedad de doña Jerónima Núñez de Prado, de Utrera, y los otros cuatro procedentes de la testamentaría de don Pedro Echeverrigaray, de El Puerto de Santa María. Los espadas del cartel eran José Redondo El Chiclanero, Juan Lucas Blanco y Julián Casas El Salamanquino, aunque a última hora se contrató también a Francisco Arjona Herrera Curro Cúchares.

Antes de la corrida se discutió el orden de lidia con el presidente de la corrida, que en esta ocasión era don Pedro de Alcántara y Colón de Larreategui, XIII duque de Veragua. El Chiclanero aducía que ese año estaba contratado para todo el abono como primer espada (había tomado la alternativa en Bilbao en 1842, de manos de Francisco Montes Paquiro y confirmado en Madrid el mismo año y por el mismo matador). Mientras que Cúchares decía que él era más antiguo (pues mató su primer toro en Madrid en 1840, alternando con Juan Pastor, pero sin ceremonia de cesión de trastos por parte de éste) y que, por tanto, debía matar el primer toro de la corrida, de nombre Herrero y del hierro de Cabrera, es decir, el del caballito.

Tras una larga discusión, ya que ninguno de los dos quería ceder sus derechos, al señor duque se le ocurrió una solución salomónica: que El Chiclanero cogiese los trastos de matar, le brindase el toro a Cúchares y después le cediese su muerte, como si de una alternativa se tratase. Así se acordó y así lo aceptaron los espadas, pero luego, como se verá, nada saldría según el guión previsto.

Después de los dos primeros tercios, llegó la hora de dar muerte al de Cabrera y los diestros, tras saludar a la presidencia se acercaron al toro, portando ambos espada y muleta. El Chiclanero quedó sorprendido al ver a Cúchares armado, lo que aprovechó éste para adelantarse y tras dos naturales dar un pinchazo al morlaco. El alguacil le llamó la atención desde la barrera y le envió un recado de la presidencia. Curro le contestó con un "subiré al palco... cuando termine de matar al toro." Mientras tanto, El Chiclanero aprovechó la discusión de Cúchares con el alguacil para acercarse al burel, darle unos pases de telón y cuadrarlo pero, cuando iba a entrar a matar, Cúchares se lo llevó a punta de muleta y le asestó de improviso un tremendo bajonazo que le hizo rodar inmediatamente.

La bronca que se montó en los tendidos, entre los partidarios de uno y otro, fue de las que hacen época, llegando incluso a las manos. Los guardias se llevaron a Cúchares a la cárcel, prosiguiendo la corrida ya sin éste. Sería puesto en libertad por la noche, tras pedir perdón al presidente y con la promesa de desagraviar públicamente a su compañero. Esto ocurriría en la siguiente corrida, el 1 de octubre de 1846, tras cederle a Chiclanero la muerte del primer toro (esta vez era de Juan José de Fuentes, de Moralzarzal) y estrecharle fuertemente la mano, entre una enorme ovación del público. Así se firmó, por fin, la paz entre estos dos grandes matadores y también entre sus fervorosos partidarios.

Ilustración: Facundo.

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