jueves, 5 de octubre de 2006

La modalidad de plaza partida o dividida

A finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando comenzaban los primeros espectáculos de lidia a pie, tras unos orígenes en que la mayoría de festejos había sido a caballo, se comenzaron a realizar funciones taurinas en la modalidad de plaza partida o dividida. Consistía este espectáculo en que, en un determinado momento del festejo, tras haber dado muerte al toro anterior y arrastrado de la forma convencional, mientras se limpiaba el ruedo de objetos (ya que en aquellos tiempos muchos espectadores, llevados por la pasión, arrojaban a la arena desde cigarros y restos de bocadillos hasta maderas, piedras o ladrillos, muchas veces arrancados de las propias bancadas de los tendidos y palcos) salía un equipo de carpinteros a la arena y con gran habilidad y rapidez tendían una valla, de las mismas características y altura que la barrera circundante, que iba desde el punto intermedio central de los toriles hasta el diametralmente opuesto, con dos portones en los extremos, junto a la barrera fija de la plaza.

'Corrida en plaza partida', por Francisco de GoyaDe esta forma, el ruedo, que ya era circular en la mayoría de los cosos, quedaba dividido en dos semicírculos iguales. Los espectadores, durante el tiempo empleado en tender esta barrera, se dedicaban a animar a los carpinteros, pues uno de los principales objetos de diversión consistía en terminar el trabajo en el menor tiempo posible. Se tienen noticias de que uno de estos montajes, en la plaza de El Puerto de Santa María (Cádiz), se llegó a completar en menos de cuatro minutos, con la consiguiente ovación del respetable a los cualificados obreros. Por el contrario, en algunos otros casos, donde se tardaron más de nueve minutos, la bronca llegó a ser monumental. En las pocas crónicas que han quedado escritas sobre esta modalidad se solía dar el tiempo empleado, como algo muy relevante.

Una vez dividida la plaza, se anunciaba la salida a la arena de dos toros a la vez, uno por cada portón, accediendo cada uno a un semicírculo. En las corridas de dos matadores, cada una de las cuadrillas se ocupaba de la lidia ordinaria en cada mitad. La del matador de más antigüedad ocupaba la parte de sombra y la del más moderno la de sol. Se ve que en este país siempre ha habido categorías.

En las corridas de tres matadores, la cuadrilla más veterana ocupaba las posiciones centrales tras la barrera, dispuesta a intervenir en los momentos de apuro, cuando así lo requiriese uno u otro caso, pero sin hacerlo si no era necesario. Se intentaba que las dos lidias fuesen simultáneas pero esto ocurría muy pocas veces, debido a su dificultad, especialmente según se iban desarrollando los tres tercios de cada lidia.

Muchas veces ocurría que uno de los toros saltaba la barrera central, con lo que podemos imaginar el jaleo que se producía, hasta conseguir volver a llevar al toro "díscolo" a su semicírculo, abriendo uno de los portones de separación. Una vez restablecidas las dos lidias por separado, el espectáculo proseguía. Cuando las dos reses eran finalmente rematadas, los carpinteros volvían a salir a la arena y en un tiempo mínimo se desmontaba la valla separadora, quedando el ruedo dispuesto para proseguir la lidia ordinaria "a ruedo completo". Algunas veces, incluso llegaron a celebrarse espectáculos menores, es decir no con toros cinqueños sino novillos, otras veces a plaza partida pero en cuatro sectores, con dos vallas centrales perpendiculares entre sí, con lo que el desorden y la dificultad lidiadora aún era mucho mayor, aunque estos últimos tipos de funciones fueron muy escasos.

Durante el breve reinado de José Bonaparte, la prohibición vigente de organización de fiestas de toros fue levantada a veces, mediante reales decretos, para poder celebrar corridas extraordinarias, casi siempre en onomásticas, celebraciones especiales, efemérides o festejos benéficos y en casi todas ellas esta modalidad de lidia a plaza partida se llevaba a cabo en algún momento. Al parecer, al monarca francés le divertían mucho este tipo de espectáculos y se afanaba por realizarlos con cualquier pretexto para intentar congraciarse con sus súbditos. Ahí se demuestra cuál era la verdadera afición por el espectáculo taurino del apodado Pepito Botella por el pueblo llano español.

Sin embargo a los aficionados puristas les desagradaba extremadamente por varias razones. Las más importantes eran que no se podían seguir con la atención debida las dos lidias simultáneas y el desorden consiguiente provocado cada vez que un toro saltaba la mediana, lo que iba contra las normas de liturgia exigibles en algo tan serio, cuando en cualquier momento existía el riesgo a perder la vida de los actuantes. "La diversión y la emoción del riesgo no pueden caminar juntas", se decía. Una máxima que debería seguir siempre vigente, incluso en los tiempos actuales, añadimos nosotros. Esta fue la principal razón por la que fueron disminuyendo paulatinamente en número a lo largo del siglo XIX, terminando por dejar de celebrarse. Pero aquí hemos querido que quedara reflejado, como una variante de lidia en la historia de la tauromaquia, para conocimiento de nuestros queridos lectores.

1 comentario:

sergi dijo...

Hace no muchos años, en la temporada "loca" de Antena 3, quiero recordar que televisaron una corrida a plaza partida en algún lugar de Andalucía (puede que en el Pto de Sta María). Así los aficionados disfrutaron de la mansedumbre y del aburrimiento consustancial al toreo de nuestros días por partida doble.