miércoles, 7 de febrero de 2007

La primera muerte en la anterior plaza de Madrid la provocó un toro de Antonio Miura en 1875

En 1874, gracias a la iniciativa de don José de Salamanca y Mayol, que había sido Ministro de Hacienda en 1847 durante el gobierno de Serrano y distinguido luego con el título del marquesado de su apellido en 1866, se había ya comenzado en Madrid una nueva urbanización de un barrio extramuros, que llevaría su nombre, en la salida hacia Aragón, desde la puerta de Alcalá. En ese año de 1874 se inauguró en el aún incipiente barrio una nueva plaza de toros, totalmente de obra, merced a los intereses del grupo de banqueros que apoyaba al marqués. Los aficionados a los toros se lo tomaron muy mal, unos diciendo que todo era debido a intereses especulativos (ya empezaba en España la fiebre de la construcción), pero la mayoría porque argumentaban que se llevaban la plaza a las afueras, en mitad del campo, en una zona donde era dificilísimo el acceso al pueblo llano, el que debía ir a pie, como se pudo comprobar en la corrida de la inauguración, donde el barro, la lluvia y la oscuridad crearon tal caos la noche anterior, durante el encierro de las reses a lidiar al día siguiente, que llegaría al máximo, al escaparse uno de los toros del encierro, en medio de la noche cerrada, donde la gente huía despavorida entre las tinieblas. Era un mal comienzo y los agoreros así lo proclamaban, para argumentar aún más su oposición al nuevo coso.

Plaza de toros de la Carretera de Aragón, en MadridEsta nueva plaza sería conocida como la de la carretera de Aragón y estaba ubicada justo donde hoy se encuentra el Palacio de los Deportes. En su primera temporada sólo hubo que lamentar una cogida, el 20 de septiembre, del gaditano de Sanlúcar de Barrameda Manuel Hermosilla que, aunque grave, no tuvo mayores consecuencias. Como dato para la historia sería la primera en la nueva plaza, provocada por el toro Cachucho, de Veragua. Y como dato histórico también, debemos decir que este diestro había confirmado su alternativa en una de las últimas celebrada en la plaza vieja ese mismo año de 1874, el 12 de julio, de manos de Rafael Molina “Lagartijo”, que le cedería el toro Espejito, de Antonio Miura, ante la presencia de Salvador Sánchez “Frascuelo. Por cierto, este toro fue muy silbado e incluso se llegó a pedir para él la afrenta de la media luna. No todos los toros de Miura eran buenos, como puede verse, aunque casi siempre fueran peligrosos.

Sin embargo, en la temporada siguiente se produciría la primera cogida mortal en la nueva plaza y la provocaría un toro de Miura, con lo que se aumentaría su leyenda. Todo sucedería la tarde del 23 de mayo de 1875, en la que se celebraría la corrida extraordinaria de la Beneficencia. Se anunciaron tres toros de Veragua, tres de Saltillo y dos de Antonio Miura, para “Lagartijo”, Francisco Arjona Reyes “Currito” (el hijo de “Cúchares”) y el algecireño José Sánchez del Campo “Cara Ancha”, que confirmaba ese día la alternativa recibida en Sevilla el año anterior, de manos de Manuel Domínguez “Desperdicios”.

“Cara Ancha” estuvo bien con el primer toro de la tarde, de nombre Apreturas, del duque de Veragua, con el que confirmó. A partir del segundo de la tarde, la tragedia empezó a planear sobre el nuevo coso. “Currito” fue alcanzado varias veces, volteado y pisoteado, saliendo con la taleguilla rota, desde la corva hasta la cintura, aunque no pasó a mayores. “Lagartijo” fue embrocado por el tercero, de Miura, salvando la vida gracias al oportuno quite de Mariano Antón. El séptimo toro saltó al callejón por el 4, cogiendo a Mariano Granda, hermano del picador Domingo, que usaba el apodo de “El Francés”, provocándole una herida grave en el hígado. Luego, cuando “Lagartijo” estaba preparándose para matarlo, se le arrancó y salvó la vida gracias a que se tiró al suelo y el toro le pasó por encima. Lo mataría de una baja y atravesada. A medida que esto pasaba, los toreros iban poniéndose cada vez más nerviosos y a la defensiva, tardando en salir a quitar y escuchando las lógicas protestas de los aficionados.

Pero todo quedó oscurecido por lo que pasó cuando saltó al albero el sexto de la tarde, castaño y ojo de perdiz de capa, meleno y algo astillado del izquierdo, Chocero de nombre, de don Antonio Miura, cuya lidia y muerte correspondía a “Cara Ancha”. Se comportó con bravura en el primer tercio, entrando siete veces a los montados y destripó tres jacos, cuyos restos quedaron sobre el albero. Al pasar al segundo tercio, tenían que parear Cosme González y Remigio Frutos “Ojitos Chico”. Pero uno de los banderilleros que iban ese día de meritorios con “Cara Ancha”, el valenciano Mariano Canet Lozano “Llusío”, de treinta y un años de edad, que se presentaba en Madrid y tenía las máximas ilusiones en quedar bien, pidió permiso para banderillear. Sus propios compañeros sólo le conocían por su apodo e intentaron convencerle de no hacerlo, pero Mariano no hizo caso y se fue hacia el toro, que estaba encampanado esperándole en el tercio. Le alegró en corto, arrancó en derechura y le colocó un par por el pitón derecho que quedó un poco bajo, quedándose parado en el embroque. El toro alargó la gaita y le enganchó, volviendo a alcanzarle en el aire antes de que cayese al suelo y cuando intentó incorporarse fue buscado de nuevo con saña y pisoteado, antes de que alguien se acercase a hacer el quite. Harto ya de cornear al infeliz, el toro se separó y "Llusío", al intentar levantarse, arrojó gran cantidad de sangre por el cuello. El miura le había partido la yugular izquierda. Retirado por las asistencias, cada vez que respiraba le salía sangre por el cuello. Las últimas palabras que, al parecer, dijo fueron: “Agua, que me ahogo, madre de mi alma, no te volveré a ver”. A los quince minutos de su ingreso en la enfermería dejaba de existir, siendo la primera víctima mortal de la nueva plaza de la carretera de Aragón, en el barrio de Salamanca. Acabó con el toro “Cara Ancha”.

Como final, diremos que el público increpó tremendamente a todos los toreros de a pie, pues ni un solo capote estuvo presto a hacer el quite, lo que fue larga y severamente criticado los días posteriores al luctuoso suceso. El infortunado “Llusío” recibiría sepultura el 25 de mayo. Y la leyenda y la fama de la peligrosidad de los toros de Miura seguiría aumentando.

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