lunes, 18 de junio de 2007

Lamborghinem et circenses

Lamborghinis junto al ColiseoHace unos días manifestaba mi pasmo y el de algunos conspicuos aficionados por el advenimiento, a las cercanías del coso venteño, de un fastuoso Lamborghini conducido nada menos que por don César Gómez, quien ese día estaba encargado de guardar y hacer guardar las normas que debieran garantizar la integridad del espectáculo.

César tenía que llamarse. Pocos días después fui en peregrinación a Roma para contemplar la majestuosidad del primer coso de obra en donde se celebraron espectáculos con toros (aún no había toreros, pero se conoce que las cositas que hacían los cornúpetas divertían bastante a los romanos), y cuál no sería mi sorpresa cuando, aunque no había festejo, me encontré metido de lleno en lo que debía ser un concilio secreto de presidentes taurinos que iban a reunirse en el Coliseo, pues salían lamborghinis de todas partes. Menos en las Catacumbas he buscado a César por toda la ciudad durante ocho días, mas nadie me ha dado razón de él.

- Quo vadis, Bastonito?
- Al domus de mi abuelita, a ver si ha invitado a César Gómez a merendar un cappuccino con pastitas italianas...

Para demostrar lo que digo, junto a estas líneas incluyo alguna foto de los impresionantes cochazos en el entorno del viejo coso romano.

El domingo tenía audiencia con el Papa a las doce en San Pedro, pero he preferido darle plantón y volver a España para, pasando de la resurrección de un presunto mesías en Barcelona, encontrar a otro Papa, don Fernando Pereira Palha, Sumo Pontífice de la vergüenza y del escrúpulo ganaderos, que lidiaba una novillada picada en Zaragoza. Así que bajéme del avión en la puñetera T4 y, casi sin solución de continuidad, montéme en el AVE para llegar a tiempo a la capital maña.

Hasta las trancas estaban los toreros con estos galanes de Pereira PalhaLos de Pereira Palha, variados de capas, estuvieron excelentemente presentados, pues tuvieron además tamaño, cabeza y peso acordes con la categoría de la plaza de Zaragoza. Se exceptúa el segundo de la tarde, mucho más cómodo de presencia que sus hermanos.

Don Fernando esta vez pegó un petardo, pues la novillada resultó mansa y alguno, como el feo segundo, devino en buey de carreta. Sin embargo no nos cansaremos de repetir que el ganado manso no es ilidiable, que la Tauromaquia tiene recursos sobrados para hacer frente con lucimiento a animales de esa condición, y que para el aficionado resulta muy interesante contemplarlo.

Las cuadrillas de ayer perpetraron el destoreo con todos los novillos, de los que jamás sabremos lo que hubieran dado de sí en otras manos. Lanzazos infames de los de a caballo, capotazos sin ton ni son, pasadas en falso en banderillas, rehiletes en ancas o brazuelos, carreras, trapazos, bajonazos de todo tipo y muestras de pavor generalizado: eso es lo que nos ofrecieron los profesionales del destoreo a los profesionales de pasar por la taquilla.

Si el petardo ganadero (el primero que veo pegar a este hidalgo portugués) fue grande, no se puede decir que fuera intencionado. Sobre los sujetos de montera y castoreño que ayer actuaron en Zaragoza no me atrevería a afirmar lo mismo.

Mariano Ballesteros y El Ole nos ofrecen unas impresiones del festejo mucho más autorizadas que la mía.

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