jueves, 9 de agosto de 2007

El toro adocenado

Novillada de los Herederos de María do Carmo Palha lidiada en Céret el 9 de julio de 1995Desde que a finales de los años setenta Juan Pedro Domecq Solís adquirió por herencia el hierro y una parte de las reses de la ganadería de su padre, comenzaron a producirse grandes cambios en la ganadería brava española. El nuevo ganadero jerezano, de indiscutibles cualidades comerciales, vendió por doquier su concepto de "toro artista" y sembró la cabaña brava española de vacas y sementales procedentes de su ganadería. Hoy, casi un tercio de las vacadas (103 de 364, s.e.u.o.) de la UCTL declaran ese origen.

Durante más de veinticinco años se ha comerciado con juampedros que eran desechos de desechos de desechos y que, aún así, eran solicitados por las figuras dada su falta de presencia pero, sobre todo, por su docilidad.

El problema, sin embargo, no era que la simiente de los juampedros se expandiese gracias a los nuevos hierros que aparecieron en virtud de las reformas que, desde la presidencia de la UCTL, impulsó el propio Juan Pedro Domecq Solís en los Estatutos de la entidad. Lo grave era que muchas ganaderías de otros encastes claudicaban ante la presión de los toreros y mandaban al matadero sus antiguas vacas o las cruzaban con juampedros.

Llegó un momento en que lo que no era de este encaste no servía, y el concepto de las cualidades que debía tener un toro de lidia se modificaba en función de lo que en cada momento convenía a los intereses comerciales de Juan Pedro Domecq y sus clientes. Como los toreros ya no sabían -o no querían- medirse a otra clase de ganado, los ganaderos que mantenían reses de otros encastes comenzaron a aprobar en los tentaderos a las vacas y a los sementales que daban un juego lo más parecido posible al de los juampedros, pues había que vender el producto. Así se descafeinaron no pocas ganaderías.

La situación ha llegado a tan paradójico extremo que muchos aficionados e informadores bienintencionados que reclaman, con razón, una mayor variedad de encastes en los carteles de las ferias, resulta que piden a los santacolomas o a los miuras , por poner dos ejemplos, la barbaridad supina de que se comporten como los juampedros. Los nuevos aficionados -se salvan algunas excepciones-, intoxicados por los profesionales del taurinismo y por una prensa ignorante cuando no venal, desconocen las diferencias de comportamiento entre los diferentes encastes; los más aplicados y estudiosos reconocen únicamente las diferencias fenotípicas, de manera que resulta imposible juzgar la labor de los toreros.

Queremos juampedros que exteriormente no lo parezcan. Así nos va.

1 comentario:

mingorri dijo...

tienes más "verdad" que un santo. Un saludo