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| Foto: las-ventas.com |
La invalidez de los de Charro de Llen se manifestaba ya en el primer tercio, lo que hacía que la afición se soliviantara cada vez más; por supuesto, la autoridad, encarnada en la tarde de autos por don César Gómez, mantuvo en el ruedo al tullido ganado aquel, haciendo que la indignación alcanzara tales cotas que a punto estuvo de suceder un altercado de orden público durante la lidia –es un decir– del cuarto de la tarde. A la muerte del mismo arreciaron las protestas y, para que no subieran un grado más, el señor presidente dejó prácticamente sin rastrillar la plaza, obligando a salir al quinto de la tarde de un enérgico pañuelazo ejecutado con un gesto de evidente malhumor; la maniobra no distrajo a la afición que, irreductible en la defensa de una fiesta íntegra, volvió a la carga al percatarse de la invalidez del quinto. En vista del cariz que tomaban los acontecimientos, el señor presidente –a quien Dios guarde muchos años– sacó el pañuelo verde. Saltó entonces al ruedo un “barbas” de Navalrosal que, ¡oh casualidad!, exhibió fuerza y pujanza durante toda su lidia. Volvió la paz, pero la injusticia hacia la terna y la estafa a la afición ya estaba consumada. Una nueva puñalada a la fiesta por parte de una empresa nefasta, unos políticos acomodaticios cuando no serviles y una autoridad que sale tan deprisa y corriendo del palco que a punto estuvo de no escuchar las últimas notas del pasodoble final, eludiendo de tan gallarda manera la bronca de los numerosísimos y airados aficionados que esperaban la salida de los toreros para manifestar su indignación.
Otra victoria de los antitaurinos que apuntamos en el debe de Taurodelta, la Comunidad de Madrid y la Delegación del Gobierno.


